El final de la aventura africana

Ahora el campo de batalla es una tierra de

cadáveres de pie; vivirán los decididos a morir,

y morirán los que esperan salir con vida. 

Wu Ch’I

Llevaba meses siguiendo el victorioso avance del DAK hacia Suez; mis crónicas se leían en los principales periódicos del Reich; y, en el par de permisos que tuve, el relato de mis andanzas siempre captaba la atención de alguna que otra joven. En verdad no podía quejarme de la vida del corresponsal de guerra...

En todo ello pensaba mientras me recuperaba en aquel mugriento hospital de campaña de Bizerta los primeros días de mayo de1943: una mina había hecho saltar por los aires el semioruga en el que viajaba, del que logré salir conmocionado y con un brazo roto, pero todavía entero. En el hospital, entre el llanto de los heridos y el gemido de los moribundos, mis cigarrillos y yo trabamos una incipiente amistad con Eismann y Honecker, un par de fallschirmjäger dignos de la portada de “Signal”, con todas sus medallas, cintas y brazaletes de Kreta y Afrika. Tipos con iniciativa que no se resignaban a caer en manos de los ingleses, habían conseguido de un pescador tunecino un viejo esquife con el que pretendían llegar a Sicilia y me incluyeron en el viaje que preparaban para esa misma noche...

El sol implacable no dejaba de atormentarme, el agua y las galletas hacía tiempo que se habían acabado, y las gaviotas revoloteaban cerca de mis ojos hinchados. Comencé a desvariar, y, en mis delirios, un Neptuno sonriente cada vez se me acercaba más y más, tanto que pude distinguir su tridente en una mano y los dados que lanzaba con la otra...

Poco a poco fui abriendo los ojos a mi particular paraíso: un pequeño lugar en penumbra, con susurros en alemán y un olor indefinible en el aire, una mezcla de sudor, sal, angustia y quién sabe qué más... Esa fue mi primera imagen del U-160. El sanitario me dió un poco de agua y me ayudó a incorporarme. Los dos paracaidistas estaban a mi lado, jugando tranquilamente a las cartas...

Ellos me contaron cómo habían gritado hasta enronquecer al ver acercarse un sumergible (¡y de los nuestros!) al bote, cómo los marineros nos habían salvado de una muerte lenta en el mar y cómo había despertado a los dos días. Yo era un completo ignorante en náutica y jamás había estado en un sumergible... todo aquello podía darme para un par de artículos, escritos bien lejos del frente, y para conseguir el interés de enfermeras y telefonistas.

Me presenté al comandante, un sujeto barbudo de calva reluciente (excepto en la semioscuridad del buque, claro) con más apariencia de sacristán de pueblo que de lobo de mar. El teniente Joachim Berger, al mando del U-160, me informó de que tras concluir la patrulla encomendada cerca de Argel nos llevaría a Italia.

De la conversación con los marineros pude ir sonsacando detalles de este individuo: que un ex seminarista de Salzburgo hubiera acabado al mando de un sumergible era una más de las historias insólitas que la marea de la guerra nos dejaba, aparentemente sus únicas lecturas eran la Vulgata (que acostumbraba recitar en momentos de tensión) y el Anuario de Lloyd’s. La tripulación llevaba tiempo con él y correspondía a su preocupación por ellos con una eficacia en el servicio raras veces vista. Ah, se me olvidaba, al parecer era famosa en toda la Kriegsmarine la proverbial buena fortuna de esta nave y el concurso de pedos (sic) que se organizaba para aliviar el tedio de la navegación. A decir verdad no sé todavía si aquella era una tripulación de ases, locos o aficionados a cierto tipo de hierbas africanas...

El BdU había encargado a Berger interceptar un convoy aliado que se dirigía a las costas argelinas, sin embargo lo único que se había logrado avistar, exceptuándonos a nosotros, era a la flota inglesa que bloqueaba la costa de Túnez y la presencia de aviones, siempre más y más numerosos. Hasta que el hidrofonista escuchó ruido de hélices de mercante a unas cincuenta millas al noroeste de Argel, y el capitán ordenó dirigirse a su encuentro. El sol mediterráneo convertía el U-160 en un gran horno flotante, pero la excitación de la caza contagiaba a todos, incluso a nosotros, los náufragos, de un entusiasmo casi infantil.

Al llegar la tarde el sumergible esperaba sumergido y sigiloso el paso de los buques aliados. El teniente oteaba ansioso el horizonte por el periscopio. ¡Eureka! En el horizonte se recortaban las siluetas del enorme convoy anunciado por el Alto Mando: un petrolero y un mercante avanzaban zigzagueando, escoltados por un achacoso destructor, veterano de la Gran Guerra, que enarbolaba la Cruz de Lorena de la Francia Libre. Sólo más tarde, supimos que el grueso del convoy había llegado a Orán, su destino. Aún así el bocado tampoco era despreciable.

La distancia se recortaba por momentos, y al llegar a los 2.000 metros el capitán ordenó lanzar los torpedos de los tubos de proa. Ésta al verse libre de tal peso súbitamente, y a pesar de los esfuerzos de la tripulación que se había agolpado allí, no tardó en sobresalir, detalle éste que no tardó en ser advertido por los vigías aliados. Ya el destructor se acercaba velozmente a nosotros, cuando Berger ordenó una inmersión de emergencia.

Las hélices del destructor se acercaban ensordecedoras, y mi mirada estaba fija en el reloj que marcaba el destino de los torpedos. Los segundos pasaban... y el primer y el segundo torpedo ya deberían haber llegado... La tripulación gritó de júbilo al escuchar la horrísona explosión del tercer torpedo... el hidrofonista escuchó el ruido del cuarto al chocar contra el casco, pero no detonó: las aguas del Mare Nostrum eran un auténtico suplicio para nuestros torpedos...

¡Cargas en el agua!. Teníamos el destructor a 90 metros de nuestras cabezas, y las tornas habían cambiado. El sumergible empezó virar a uno y otro lado, a máxima velocidad, esperando esquivar la muerte que llegaba desde la superficie. Durante un par de horas se sucedieron las descargas, que extrañamente siempre estallaban muy por encima de nosotros. Finalmente el destructor desistió de la caza y prosiguió su camino. La tripulación descubrió entonces que alguien había olvidado cerrar unas válvulas y en realidad el sumergible estaba a 230 metros de profundidad. Berger ordenó inmediatamente subir a periscopio...

“Beati qui moriuntur in Domino”, creo que dijo mientras observábamos la columna de fuego que se elevaba del sentenciado petrolero. Los carros de Patton deberían conformarse con algo menos de combustible. En aquel lugar ya no hacíamos nada, y puso rumbo a casa. Unos días más tarde, ya en La Spezia, me despedí de él y mis amigos africanos. Lo último que recuerdo de ellos es el emblema que adornaba la torreta del U-160: un sonriente Neptuno que sostiene un tridente con una mano y con la otra lanza unos dados... 

(Extractos de un artículo del alférez Hans Ritter, censurado por el Ministerio de Propaganda) – Recopilado por Berger. 

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La primera vez que entré en aquella claustrofóbica angostura pensé: no podrás soportar esto”, recordó el Comandante Erich Topp acerca de su introducción en el apretado y maloliente mundo de los sumergibles. El servicio a bordo de un sumergible distaba mucho de las glamorosas aventuras publicadas por la propaganda alemana. Sin embargo, la mayoría de los jóvenes lobos de mar, incluido Topp, se adaptaron a la vida dentro de sus acertadamente apodados “ataúdes de hierro”; aquellos que sobrevivían a una patrulla difícilmente eran capaces de aguardar hasta la siguiente.

Aislados durante meses consecutivos y corriendo un riesgo constante, la tripulación de un sumergible llegaba a funcionar como si sus miembros fuesen un sólo organismo. Cada hombre era agudamente consciente de los pensamientos y debilidades de los demás, y todos se sentían íntimamente sintonizados con el mar a su alrededor. “Un sumergible moldea a la gente de a bordo –dijo Topp, que se convertiría en el tercer "as" naval de Alemania en número de hundimientos-. El mar pasa a ser una parte natural de sus vidas, y desarrollas nuevos sentidos, sentidos que reaccionan a los ruidos, vibraciones, sal, agua y a las capas de temperatura en el mar. Cuando un hombre de un sumergible abandona el puerto y cierra la escotilla de la torreta, dice adiós al mundo del color, al Sol, la Luna, las estrellas y la diversa belleza de la tierra. Su vida en el tubo de acero se ve reducida a unos pocos principios, de los cuales el más importante es el compañerismo y la voluntad de sobrevivir”. 

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La llegada del schnórkel no sólo eliminó la clásica guardia del puente, también modificó la rutina de la vida a bordo al transformar al U-boot en una nave que pasaba la mayor parte del tiempo sumergido. Sin embargo, endureció las condiciones del servicio. Mantener el U-boot a la profundidad adecuada exigía una concentración casi dolorosa ya que cuando el oleaje cubría la cabeza del snórkel las válvulas de toma de aire se cerraban para evitar la entrada de agua, pero los diésel, en funcionamiento, tomaban el oxigeno del interior del U-boot mientras que expulsaban por los compartimientos el monóxido de oxígeno. Los cambios repentinos de presión producían problemas en ojos y oídos, mientras que los gases podrían producir víctimas entre la tripulación sinó se controlaban inmediatamente. Se dieron varios casos de personal incapacitado por este motivo, y el Oblt. z. S. Friedrich-Wilhelm Marienfield perdió la vida en el U-1228 por asfixia. Son casos extremos, pero por lo general los hombres de servicio en la Zentrale tenían problemas con la visión y la respiración. En el caso de un servicio prolongado, los niveles de monóxido se incrementarían en la sangre de los submarinistas que en algunos casos ocasionaron daños en el sistema nervioso. El snchórkel también alteraba las condiciones sanitarias. La basura que se arrojaba tradicionalmente por la borda, ahora debía ser almacenada en uno de los tubos lanzatorpedos y expulsada cada pocos días. Era el conocido Müllchuss, el disparo de basura. Impedía el uso natural del tubo, pero eliminaba la basura y su pestilencia. Al final de un crucero, un U-boot dotado con schnórkel era capaz de hacer que el personal de la base se retirase hacia atrás debido a la peste que salía por sus escotillas. La tripulación se acostumbraba al mal olor reinante a bordo, pero el extraño no.

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"... Coy miró el muelle comercial donde el "Felix von Luckner" estaba amarrado junto a un gran barco de pasaje, y lamentó que aquella arribada fuese clandestina. Le habría gustado lucir en el palo, igual que los comandantes de sumergibles alemanes arbolaban en la torreta banderines con las toneladas hundidas, una señal de victoria. Regresamos de Scapa Flow, misión cumplida.

‘Comunico que los tesoros existen, y llevamos uno a bordo’."

Fragmento de “La carta esférica” de Arturo Pérez Reverte, recopilado por Orland.

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Uno encontrará muchos y variados motivos que llevaron a diferentes hombres a ingresar en la U-bootwaffe: el honor, servir a su país... etc. Al menos, en el caso de Hirschfeld, lo que le hizo entrar en el servicio submarino fue una mezcla de trapicheos y manipulaciones, un asunto de faldas y, como no, una borrachera. El 5 de abril de 1940 se le destinó al crucero "Karlsruhe". Su vida despreocupada a bordo de la torpedera T-139 había acabado. A pesar de todos sus esfuerzos, no pudo evitar el destino. Así que se planteo despedirse de su "novia" Ilona, mientras que con sus compañeros organizaría una oportuna fiesta. Una serie de "incidentes" que no correspondían para nada con el espíritu militar de la época hizo que no ocupase su puesto, y casualmente el "Karlsruhe" fue torpedeado y hundido por un sumergible británico.

"Aquí dice que usted estaba en el "Karlsruhe". Se supone que ha fallecido en acción... ", ‘Si, lo sé, eso mismo me dijo mi madre en su última carta..’ lo cual, irónicamente, era cierto."Parece que tiene una opinión muy ligera de este asunto, suboficial. Pediré un informe completo a su superior. Tendrá noticias mías."

"Unos pocos días después vi mi nombre alistado para la U-bootwaffe. No se podía apelar esto de ningún modo, así que mi placentera carrera en la vieja torpedera T-139 había llegado a su fin. Mientras, toda la sección de radio que había sobrevivido en el hundimiento del "Karlsruhe" fueron asignados a un importante navío. Cuando me los encontré más tarde en Hamburgo, expresaron su simpatía por que hubiese sido "arrojado" a la U-bootwaffe, donde mis perspectivas de una vida larga no eran muy prometedoras. Ellos, por otra parte, habían sido bendecidos por la providencia. Todos estarían sanos y salvo a bordo de un navío imposible de hundir. Habían sido transferidos al "Bismarck". 

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El Mutprobe, prueba de coraje o aguante, era un extraño examen que consistía en sostener una barra a través de la cual se producían descargas eléctricas. Henke tuvo que pasa por esta prueba como todos los candidatos de su promoción, en el año 1933. Schaeffer, quien acabaría mandando el famoso U-977, recuerda también como a finales del 1938 aguantaba una prueba similar.

"Nuestro terror especial era una máquina de shock eléctrico, las autoridades eran más propensas a observar nuestra reacción frente a la máquina. Habíamos oído a menudo que la clara de huevo era un excelente aislante, así que nos embadurnamos las manos con ella, pero debo admitir que tanto en el caso de mis amigos como en el mío propio no funcionó en absoluto, y tuvimos que aguantar la prueba como mejor pudimos. Teníamos que agarrar los dos extremos de una barra y una vez que el aparato comenzaba a funcionar no podíamos soltarla. " Mientras que unos gritaban, Shaeffer recuerda como otros apretaban las mandíbulas en un intento de parecer más duros. "Todo esto era filmado, pero nunca vimos la película, aunque debe haber sido interesante".

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