El riesgo de la espera

En el verano de 1944, el Teniente de Navío Tillessen y sus hombres volvieron a la zona de operaciones del Caribe, esta vez frente a los puertos de Aruba y Curaçao. Apenas han cruzado el Atlántico y se están acercando al Caribe, cuando encuentran ya al enemigo. En el paso de Barlovento avistan un convoy que se dirige a Trinidad. Después de varias horas consigue situarse en posición de ataque y, a la altura de Curaçao, lanza una salva de dos torpedos. Sin esperar el resultado, Tillessen desciende a las profundidades. Dos minutos más tarde llega una sola y tremenda explosión, seguida de los ruidos de algo que se desintegra, característicos de los buques que se hunden. Cuál es la causa de tan espectacular explosión y qué clase de barco se ha hundido nunca llegarán a saberlo.
Una cosa es cierta, sin embargo: a estas alturas de la guerra y en una zona donde no se ha visto ningún sumergible desde hace tiempo, el U-516 puede contar con una furiosa y enconada persecución. Efectivamente, cuando, después de varias horas y ya de noche, sale a superficie, Tillessen se encuentra con que el detector “Fumb” recoge pulsaciones de radar desde todos los puntos de la rosa; inmediatamente se sumerge. Horas después intenta salir otra vez a superficie: el mismo resultado. ¿No hay posibilidad de escape?. La única parece ser quedarse el mayor tiempo posible en el fondo, hasta que no quede un soplo de aire en el sumergible, y confiar en que para entonces el enemigo haya abandonado la caza. El tiempo máximo que se considera que un U-boot puede estar sumergido son setenta y dos horas. ¡Tres días enteros en inmersión, con este calor!.
Al empezar la dura prueba, el termómetro, en el interior del sumergible, marcaba 40°, y al final del tercer día, 50º.
Durante las primeras cuarenta y ocho horas, las mentes funcionan aún y los cuerpos responden a lo que se les exige; después empiezan a actuar maquinalmente. Sólo los hombres de guardia están en sus puestos, de pie o sentados; el resto de la tripulación permanecen tumbados en sus literas, sin moverse; a pesar de los purificadores de aire individuales, muchos empiezan a mostrar señales de intoxicación. Los pulmones y el corazón están sometidos a un tremendo y agotador esfuerzo. Las horas del terrible tercer día transcurren lentamente. Mientras en el mundo exterior un sol brillante recorre el azul del cielo, los hombres del U-516 permanecen inmóviles y silenciosos, empapados en sudor, con las cabezas a punto de estallar, hundiéndose más y más en las oscuras nieblas de la inconsciencia. Parece como si la tumba se hubiera ya sellado encima de ellos y que donde una cabeza o una mano han ido a ponerse, allí se quedarán hasta que la mar rompa el casco o la marea lo deje en alguna playa. Al fin del tercer día, un marinero se acerca dando traspié hasta la litera donde está el comandante. Se agarra a la barandilla para no caerse. Abre los labios para decir algo, pero ningún sonido sale de su boca. El comandante, cerca ya del agotamiento, en un desesperado esfuerzo, abre la puerta de una taquilla, esperando encontrar allí una brizna de oxígeno. Al volver la cabeza, el marinero se ha derrumbado y está vomitando en un rincón; mirando al comandante, levanta en un último esfuerzo una mano y señala hacia arriba.
Durante unos segundos, el cerebro de Tillessen no reacciona. Poco a poco, un pensamiento empieza a tomar forma: el marinero venía de la cámara de mando, donde el cronómetro estaba marcando las ocho de la noche..., la hora que deben subir a flote.
Con un esfuerzo sobrehumano, Tillessen se levanta y se arrastra hacia la puerta estanca circular. Consigue abrirla, pasa una pierna a través de ella y se detiene un momento, tentado por el alucinante deseo de dejarse caer sentado y dormir eternamente. Al fin, temblando por el esfuerzo, pasa la otra pierna y entra en la cámara de mando.
Allí está el jefe de máquinas sólo; con voz entrecortada informa que sólo quedan tres hombres con fuerzas para hacer algo: un marinero, el oficial artillero y el contramaestre. Los dos últimos y el comandante consiguen arrastrarse hasta la escala y subir a la torreta, mientras el oficial y el jefe de máquinas se disponen a abrir las válvulas de soplado de los lastres. Más de media tripulación está sin sentido.
Desde el fondo de sesenta metros donde el sumergible está posado empiezan a subir hacia la superficie, sin la obligada exploración previa con el periscopio, sin serviolas, sin personal de máquinas y ningún hombre en sus puestos, en una última oportunidad de salir al aire libre a enfrentarse con lo que arriba les espera.
Pero antes hay que abrir la escotilla. El comandante lo prueba, pero tiene que desistir. Los otros dos consiguen encontrar una mandarria y meterla en la junta de la escotilla. En un frenético y desesperado esfuerzo, logran los tres, al fin, abrirla. Entonces se oye un desgarrado estruendo, y ellos y mandarria son proyectados por la corriente de aire contra el periscopio, donde quedan unos instantes aturdidos. Al fin salen al puente.
Aún no ha oscurecido del todo y las últimas claridades del crepúsculo vespertino iluminan levemente las aguas. La mar está desierta.
Durante quince minutos, los tres permanecen en el puente jadeando, mientras el aire fresco entra en sus pulmones. En todo este tiempo, el comandante no da orden de ninguna clase. Entonces empiezan a oír el sonido del soplado final de los tanques y el familiar rugido de los diesel. La vida vuelve a renacer...

Harald Busch. “Así fue la guerra submarina”

------

Alfabeto militar alemán y otros códigos

Letra Sonido fonético usado en los UB Código internacional Código Morse
A Anton Alfa ● ▬
B Bruno Bravo ▬ ●●●
C Cäsar (César) Charlie ▬ ● ▬ ●
D Dora Delta ▬ ● ●
E Emil Echo
F Fritz Foxtrot ● ● ▬ ●
G Gustav Golf ▬ ▬ ●
H Hans Hotel ● ● ● ●
I Ida India ●●
J Julius Juliet ● ▬ ▬ ▬
K Karl Kilo ▬ ● ▬
L Lucie Lima ● ▬ ● ●
M Max Mike ▬ ▬
N Nanni November ▬ ●
Ñ --- Ñoño ▬ ▬ ● ▬ ▬
O Otto Oscar ▬ ▬ ▬
P Paul Papa ● ▬ ▬ ●
Q Quatsch Quebec ▬ ▬ ● ▬
R Richard Romeo ● ▬ ●
S Sofie Sierra ●●●
T Toni Tango
U Ulli Uniform ● ● ▬
V Viktor Victor ● ● ● ▬
W Willi Whisky ● ▬ ▬
X Ix X-ray ▬ ● ● ▬
Y Ysop Yankee ▬ ● ▬ ▬
Z Zet Zulú ▬ ▬ ● ●

------

No era una broma pesada

Una balsa diminuta flotaba a la deriva con un remo como mástil y una camisa blanca como vela. Apoyado en el palo improvisado había un hombre en ropa interior, semiinconsciente.
A la tripulación del sumergible alemán le pareció un dibujo animado. Se acercaron y el comandante Kretschmer lo saludó en inglés diciéndole que abajo podría secarse la ropa y comer algo. Después, siempre en inglés, ordenó a Kassel atender al sobreviviente.
Kassel respondió en el mismo idioma y condujo al náufrago a la cámara del comandante. Posteriormente, Kassel describió el episodio:

"Le quité la ropa mojada, lo envolví en mantas y lo acosté. Después le serví un poco de ron, que el hombre apuró de un trago. Eso le hizo recobrar un poco el color. Pero no hacía más que quejarse del dolor de cabeza, y cuando el comandante bajó a verlo lo interrogamos en inglés y vimos que, efectivamente, había recibido un golpe fuerte. Tomó unos sorbos de café, mientras el comandante trataba de sacarle el nombre del buque, pero al parecer el otro no recordaba más que la carga: vigas de hierro. Por más que pensaba no había caso, no daba el nombre.
Al principio creímos que estaba mintiendo, pero después nos dimos cuenta de que efectivamente no lo recordaba. No hacía más que quejarse de que le dolía la cabeza, hasta que, a la larga, terminó por quedarse dormido. "Despertó alrededor de una hora después y al verme sentado en mi puesto, frente a la radio, me llamó diciendo que tenía hambre. Recordé entonces que teníamos a bordo unas latas de piña, parte de los abastecimientos abandonados por el ejército británico en Dunkerque y que por orden del Führer habían repartido entre las tripulaciones de sumergibles. Le di una lata y fui a llamar al comandante, que estaba en el puente.
Volvimos a interrogarlo sobre el nombre del buque, y esta vez murmuró algo así como “Baronisewood”. El comandante consultó el registro del Lloyd's, donde figuraba una embarcación llamada “Barón Blythwood”. Entonces le preguntamos si lo que trataba de decir era “Barón Blythwood”, y dijo que sí. El hombre pidió más café. Desde la escotilla del puente nos llegaban las voces del comandante y de un oficial italiano -se había embarcado para estudiar métodos de ataque- que conversaban en inglés. Entonces vino lo bueno. Cuando le llevé el café que había pedido, me dijo: “Gracias, compañero. Un sumergible alemán me torpedeó el buque, el desgraciado, pero por suerte los cochinos nazis no me agarraron”. Y después de guiñarme un ojo prosiguió sonriendo: “Los embromé ¿eh?, me recogió un submarino inglés. Eso les enseñará a no meterse con nosotros”.
Lógicamente no supe que contestar. Oí la conversación en inglés que llegaba del puente, vi la lata de piña vacía junto a la cucheta. En el rótulo se leía “California”. Entonces caí en la cuenta que el individuo no había oído una palabra de alemán desde que lo subieron a bordo.
Medio atontado como estaba no captó bien los alrededores y solamente el sonido familiar de las palabras inglesas y la piña le habían dejado una impresión definida. Además, nuestro uniforme de fajina no tenía nada que nos identificase como alemanes. El comandante decidió buscar alguno de los botes salvavidas del “Invershannon” que navegaban en las cercanías y transbordarlo.
La costa de Irlanda estaba cerca. Cuando le comuniqué la novedad me dijo enojado. “Pero, ¿por qué no puedo quedarme acá? No quiero transbordar a ningún bote, estoy aquí muy cómodo”. Busqué la mejor forma de darle la noticia. “Vea, amigo, cuando suba al puente encontrará al comandante de este sumergible. Tiene un uniforme igual al mío, pero además lleva los galones de grado en las mangas. Mírelo bien. También verá que en la gorra tiene una insignia naval con la cruz svástica. Estamos en un sumergible alemán”. No me atreví a añadir que nosotros habíamos hundido su barco. Pero el náufrago comenzó a reír estrepitosamente: “Muy bien, muy bien, pero es una broma muy pesada... pero lo hicieron muy bien... ¡Ja, ja, ja! Pero no caí...”.
Traté de convencerle de lo contrario, pero no me hizo caso. Entre tanto nos habíamos acercado a un bote y llevé al marinero a la torreta para transbordarlo. Entonces comenzó a fijarse en la insignia del comandante y se puso mortalmente pálido. “Lamento que se haya herido y confío en que ahora esté mejor. Ya nos hemos ocupado de que tenga agua, comida y vendas en cantidad suficiente para que alcance hasta que lleguen a puerto”. 
Desde el bote del “Invershannon”, una docena de náufragos contemplaban la escena sorprendidos. El sobreviviente, sin decir palabra, abandonó el sumergible y se acomodó en el bote. El hombre que empuñaba el timón del bote -un gigante rubio- aceptó el pan, agua y vendas que le tendíamos y consideró el rumbo que según el comandante Kretschmer habría de llevarlo a la costa de Irlanda. Tomó envión en el costado del U99 para alejarse. Cuando nos separamos, introdujo la mano debajo del asiento y arrojó sobre la cubierta del sumergible una caja de cigarrillos”.

La Segunda Guerra Mundial –CODEX-

------

El jefe, el primero

Conforme a estas normas fundamentales, a partir del 1° de octubre de 1935 la instrucción de la flotilla submarina «Weddigen» se desarrolló con arreglo a las siguientes líneas directrices:
El lugar propio de los sumergibles es el mar abierto, bien sobre o debajo del agua, no las calas ni los fondeaderos, y esto durante el mayor tiempo posible, en los espacios mas amplios y con cualesquiera condiciones meteorológicas. Una instalación perfecta de los tripulantes a bordo, una gran práctica marinera, la mayor seguridad posible y el dominio de la navegación astronómica eran la meta a conseguir.
Todas las partes de la instrucción debían ser asimiladas de una forma sistemática, segura y profunda. El semestre siguiente se dividió en varios cursos, durante los cuales las tripulaciones fueron impuestas en los fundamentos de todas las materias esenciales. Así, por ejemplo, antes de diciembre de 1935 cada sumergible había efectuado 66 ataques bajo el agua y otros tantos ataques en superficie, y sólo en dicho mes empezaron a realizar sus primeras acciones de torpedeamiento.
La parte guerrera de la instrucción fue cuidada en todos los aspectos: cómo tenía que actuar un sumergible en aguas enemigas; el permanecer invisibles (el comandante tenía que «adquirir la sensación» de cuando se le veía en superficie y cuando no); la iniciativa certera para decidir cuando, al avistar a un aeroplano o a una embarcación, había que sumergirse o cuando había que permanecer en la superficie; el ataque invisible mediante el uso más restringido y acertado del periscopio; de noche, utilizando la oscuridad del trasfondo, o la excesiva luz en su caso, el viento, las olas y la pequeñez de la silueta: los conocimientos tácticos fundamentales, por ejemplo, para hacer alto y mantenerse invisible o para continuar marchando sin ser visto, el comportamiento en el paso del día a la noche, y viceversa; el proceder con respecto a la defensa enemiga, por ejemplo, para alejarse sobre la superficie o bajo el agua, seguir atentamente observando con el periscopio o sumergirse profundamente y quedarse a ciegas, alejarse a toda máquina bajo el agua forzando los motores o deslizarse suave y silenciosamente; la técnica y el dominio de la inmersión en cualesquiera profundidades y circunstancias de la batalla; el fuego de defensa de la artillería y de las armas antiaéreas en relación con la posible inmersión en caso de alarma.
Para Thedsen y para mi era ésta una actividad grata y fascinante. Éramos los únicos oficiales de la .nueva Arma submarina que teníamos experiencias de la guerra; Desde octubre de 1935 se nos solía ver en el mar, pasando de un sumergible a otro. Thedsen enseñaba el manejo técnico del barco y las maniobras de inmersión; yo explicaba el uso del periscopio y las características del ataque en superficie. Con toda clase de tiempo estábamos dedicados a nuestra tarea en alta mar.
Muy pronto imperó en las tripulaciones de la flotilla submarina «Weddigen» una cordial y entusiasta entrega a su servicio y a su arma. El sistemático y ponderado desarrollo, del servicio de instrucción, el estar mucho en el mar, el sentimiento de que las enseñanzas que se les daban tenían un sentido razonable, de que las tripulaciones eran apreciadas en lo que valían y de que su capacidad y saber iban creciendo infundió muy pronto en la flotilla un espíritu de gran empuje Como siempre me ha gustado hacer las cosas personalmente, las tripulaciones empezaron a conocerme
Este espíritu excelente del Arma submarina se puso de manifiesto durante la guerra con la abnegada y valiente entrega de las tripulaciones en una lucha difícil y llena de sacrificios.
Uno de mis primeros comandantes de sumergibles en aquel tiempo en la flotilla “Weddigen” describió, en el año 1957, este primer año de instrucción 1935-1936 como sigue:
“Lo que se hizo en aquel año de instrucción intensiva y de capacitación de las tripulaciones hasta colocarlas al borde del dominio completo de todos los conocimientos fundamentales, formó la base para la ampliación futura del Arma submarina, tanto por lo que se refiere a la elección de tipos, como al armamento e instrucción.
“La táctica fue afinándose en los años sucesivos: su misión tenía que consistir, desde que se hizo perceptible la animosidad de Inglaterra, en poder aprovechar las nuevas condiciones del libre espacio marítimo y prever las formaciones de convoyes. En puridad no hubo que cambiar nada de lo que allí se enseñó entonces.
“Lo más notable de aquel año de instrucción de 1935 a 1936 fue el hecho de que todos los comandantes y tripulaciones de los sumergibles se vieron libres del complejo, que indudablemente llegó a estar muy extendido, de que el sumergible era un arma ya superada y de que, debido a los progresos en los métodos de defensa antisubmarina, estaba de antemano condenado al fracaso.”
Creo que este juicio del antiguo comandante en la flotilla submarina “Weddigen” expresa certeramente la verdad.

Karl Dönitz. "Diez años y veinte días".

------

El verdadero olfato del lobo gris

Los informes de los sumergibles que siguen las huellas del convoy dicen que navega a una velocidad promedio de once nudos. Al atardecer del tercer día, una extensa cortina de humo aparece en el horizonte. Ya no tiene tiempo para situarse a la cabeza del convoy. Sólo puede atacar desde la posición menos favorable — por la cola—, agravado por la circunstancia de que la mar está como una balsa de aceite y hay luna llena.
Rasch decide esperar a que la luna se oculte bajo el horizonte. Mientras tanto, los buques mercantes, rodeados por una numerosa escolta, siguen su camino tranquilamente. Por lo que se ve, los demás sumergibles todavía no han atacado. Rasch sabe que son «viejos zorros» y que esperan con astucia la mejor ocasión. ¿Podrá él atacar antes que los otros?
Apenas acaba de oscurecer cuando la brillante luz de las granadas luminosas rasgan el cielo a cierta distancia por babor. ¿Significa eso que el convoy ha alterado el rumbo, alejándose?. Rasch se pregunta si debe arrumbar al Sur, detrás de él; pero al cesar los disparos decide continuar al Noroeste; probablemente, los fuegos artificiales no han sido más que una argucia. Si lo que supone es cierto, se encontrarán más tarde en la misma derrota del enemigo.
Poniendo otra vez los motores a todo régimen, Rasch avanza en la oscuridad. A juzgar por la niebla, los bancos de Terranova están ya cerca. La visibilidad es apenas de trescientos metros. Más allá, todo queda escondido en la húmeda y misteriosa noche.
El peligro puede surgir en cualquier momento, de repente, encima mismo del sumergible, sin tiempo para reaccionar.
Durante dos horas, Rasch navega completamente a ciegas, abriéndose paso entre los espesos jirones de niebla, guiándose sólo por el «olfato». Baja a la cámara y se pone a estudiar las cartas. Con el compás de puntas mide las distancias que el convoy puede haber recorrido, obtiene un círculo dentro del cual puede encontrarse el enemigo y traza el rumbo para interceptarlo. Sube de nuevo al puente a reunirse con los serviolas.
El U-106 sigue su desconcertante avance a través de la niebla, sobre una mar lisa como un espejo, levantando por la proa y a banda y banda dos olas rizadas, blancas y simétricas, como largos mechones de una barba gigantesca, que se van alejando y se desvanecen en la niebla. ¿Estarán persiguiendo un fuego fatuo?.

Apostaría cualquier cosa — dice Rasch a su oficial torpedista—a que alguien anda por ahí cerca.

¡Mi comandante! — exclama uno de los serviolas—, parece como si estuviésemos en la estación de Leipzig. Esta niebla huele a humo.

El hombre tenía razón. Veinte minutos después, la niebla se deshace en jirones, la visibilidad aumenta hasta dos mil metros y Rasch se encuentra en el centro mismo del convoy. Por la proa hay un montón de petroleros que navegan en zigzag irregular; esto representará tener que efectuar una maniobra de ataque para cada uno.
Rasch escoge primero uno de 9.000 toneladas; se le acerca cautelosamente por la popa y, al llegar a trescientos metros, mete toda la caña a una banda al tiempo que le lanza dos torpedos. El barco salta por los aires y se desintegra en mil fragmentos, que caen cerca del sumergible.

Harald Busch "Así fue la guerra submarino"

------

Una angustiosa jornada

«Inmersión rápida. Más de prisa. Aún más de prisa. Introduzcan todo el agua posible en las cámaras de inmersión.»
¿Pero qué estaba sucediendo?. El sumergible se inclinaba ya por la proa con la cola levantada; era un estupendo blanco que se recortaba en el cielo, pero que los ingleses no lograban alcanzar. De un momento a otro podía suceder lo inevitable: resonaba el eco de las órdenes en todo el barco, mientras el oficial de maniobra se mordía los labios hasta hacerse sangre; ni siquiera los sistemas de emergencia daban el resultado apetecido.
Sin embargo, inesperadamente el sumergible comenzó a moverse. Primero lentamente, luego cada vez con mayor rapidez, con la violencia de una enorme masa proyectada en el vacío, cayó hacia el fondo del mar en picado, como un pez bobo incapaz de enderezarse, como una bomba lanzada desde un avión.
Descendía rápidamente, con la proa casi vertical, hacia los abismos marinos. ¿Cómo iba a terminar aquella aventura que los submarinistas habían comenzado en un silencioso desafío ante un enemigo mucho mayor, sin ninguna preocupación, sin la mínima sospecha del riesgo a que se exponían?
Los submarinistas acogieron con un grito de alegría la osadía, lanzada por el comandante, de atacar al crucero. Lo admitieron con entusiasmo, pensando realizar una empresa excepcional, esperando alcanzar el objetivo con un sólo golpe bien centrado, soñando con transmitir al mando operativo la espectacular noticia del hundimiento de la imponente unidad de guerra enemiga.
Y habían caído en la trampa de su propia ambición, de su deseo de emulación, de su aspiración a figurar en los boletines de guerra como intrépidos héroes. Ahora se arriesgaban no sólo a una humillante derrota, sino también a perder la vida por culpa de su inútil bravata.

El sumergible continuaba su pavorosa carrera hacia el fondo. Los segundos se sucedían en un tiempo interminable, angustioso, hasta el momento en que, con un sordo chasquido, concluyó la dramática inmersión.
¿Y ahora que iba a suceder?. ¿Cuál iba a ser la continuación inevitable de aquella aventura, de aquella desigual lucha que los submarinistas habían de empeñar contra la muerte?
En todos los rostros se leía el miedo; el barco no estaba aún inmovilizado en el fondo, los hombres no se habían repuesto del gravísimo golpe. Aún no había sido posible averiguar los daños sufridos, localizar exactamente el punto en que el agua había comenzado a penetrar con un silbido siniestro en el interior de la cámara de popa, probablemente a poca distancia de los tubos lanzatorpedos, cuando ya se estaba avecinando un nuevo y gravísimo peligro.
El crucero se había colocado precisamente en la vertical del punto de descenso del sumergible y había comenzado a descargar en el mar racimos de bombas de profundidad.
Las explosiones agitaban el fondo del mar, iban a dar de un extremo a otro, a una distancia de menos de 20 metros del ligero barco de acero. Los hombres chocaban unos contra otros. Las literas, arrancadas por la violencia del golpe, se estrellaban contra el suelo. En la sala de maniobras, el comandante disimulaba su preocupación. Aferrado a la empuñadura del periscopio para no caerse, miraba aterrorizado las agujas de los instrumentos que giraban en todas las direcciones como enloquecidas.
No podía producirse momento más dramático. Todos eran conscientes de su propia impotencia; todos sabían que su vida pendía de un hilo sutilísimo: la remota posibilidad de que los artilleros del crucero continuasen manteniendo el mismo ángulo, un ángulo que erraba por muy poco.
El rosario de explosiones rondaba muy cerca agitando el sumergible en una danza infernal; si las bombas hubiesen caído un poco desviadas, con una diferencia de sólo unos metros, ello hubiera significado el fin de la unidad de Dönitz; pero todos sabían que en aquellas condiciones el golpe de una explosión también puede matar: las granadas levantaban una masa de agua enorme, que removía el fondo del mar, empujaba como un juguete al indefenso aparato, despidiéndolo, haciéndolo caer a un lado y otro, rebotándolo hacia el fondo de arena —afortunadamente en aquella zona del mar no había rocas—, casi perpendicularmente, lo lanzaban contra la compacta arena cubierta de vegetación marina y estrellaban más allá la cola en un golpe seco y brutal.
A cada bomba los submarinistas cerraban por un instante los ojos: a cada explosión chirriaban las estructuras con un ruido siniestro; a cada golpe parecía que el pie de un gigante fuese a aplastar para siempre con su pisada a la ambiciosa unidad, que no mucho tiempo antes se batía como un tiburón de dientes afilados, un tiburón ya impotente, sin control para enfrentarse a un enemigo expectante y con los dientes afilados.

Y en medio de este infierno continuaban llegando las órdenes: «¡Comprueben las tomas de aire!. ¡Comprueben los compartimientos estancos!. ¡Comprueben las válvulas de descarga!. ¡Señalen la presencia de brechas!». El desplazamiento de una descomunal masa de agua había ensanchado la angosta fisura producida en el momento de precipitarse el sumergible hacia el fondo, sin dominio.

Trabajando desesperadamente, consciente de que su salvación dependía de la voluntad de todos, de su férrea determinación por salir vivos de aquella jaula de acero, y que ya no era hermética, algunos marineros lograban reparar los daños, poco a poco el agua cesaba de salir; pero ahora la tripulación tenía otros objetivos.
Una a una fueron controladas las junturas de la quilla; prodigiosamente, no había ninguna avería, en la cabina de maniobras el comandante consultaba apresuradamente con su segundo: «¿Tenemos alguna posibilidad de salir de este infierno?. ¿Podemos poner en funcionamiento los motores?»

Nadie puede leer la bola de cristal, a menos que sea un brujo; pero ni siquiera un mago es capaz de predecir el futuro cuando una fisura ha roto la cristalina transparencia del globo iridiscente. El oficial segundo consideraba al sumergible como una mágica esfera, de la que quizá se había desprendido un imperceptible fragmento. Las averías, en un primer control, no parecían relevantes o por lo menos hasta el punto de bloquear la unidad. Pero nadie mejor que el oficial piloto conocía la fragilidad de los aparatos, los mecanismos que permitían las diversas maniobras. Nadie mejor que él sabía las escasas posibilidades de supervivencia para la tripulación de un sumergible, sometido a una prueba tan extrema.

Era inútil expresar en aquellas condiciones una opinión. La única posibilidad viable sería alejarse de puntillas, tratando de no dejarse descubrir por un enemigo que se había demostrado despiadado. Levantando los hombros en un gesto de resignada fatalidad el oficial segundo se limitó a declarar: «¡Es una buena idea, hay que intentar realizarla!». «Motores al mínimo: comiencen la maniobra de desplazamiento». Penosamente, con las máquinas sometidas a presión, comenzó la maniobra.

F. Martinelli (Los tiburones del III Reich)

------

La impotencia de un valiente submarinista

Lütjens pidió el mismo día la concentración de estos sumergibles en una determinada cuadrícula al Sur de la punta meridional de Groenlandia.  
Quería atraer a dicha cuadrícula a varios barcos ingleses con los que seguía manteniendo el contacto. En consecuencia, situé allí a 7 sumergibles de este grupo. El U 556, bajo el mando de su experimentado comandante, el teniente Wohlfahrt, el «Bismarck» estaba perseguido por un grupo de combate inglés. Wohlfahrt escribió en su Diario de guerra :

“...26 de mayo de 1941. Posición, 640 millas al Oeste de Finisterre. Tiempo, Noroeste; fuerza del viento, 6-7 ; oleaje, 5 ; tiempo claro, cubierto en parte"; visibilidad, regular a buena.
15.31 h. Sumergido ante aviación, bajo agua se oyen algunas detonaciones como fuego de artillería.
19.48 h. Alarma. Entre las sombras vienen por la proa, a toda marcha, un acorazado clase "King George" y un portaaviones, probablemente "Ark Royal". Proa a la derecha, posición 10.º. ¡Si tuviese ahora torpedos!. Posición ideal para un ataque. ¡Sin destructores, sin zigzag!. Habría podido hacer algo. El portaaviones tiene dispositivos para lanzamiento de aviones torpederos. Quizás hubiese podido ayudar al "Bismarck".
20.39 h. Emerjo. Dada señal: enemigo a la vista, un acorazado, un portaaviones, rumbo 115 grados, toda marcha, cuadrícula BE 5332 (48º 20' Norte, 16º 20' Oeste); recibidas más señales sobre pérdida de contacto y localización acústica hasta 22.06 h. Trataré de volver con el poco combustible de que dispongo. Paso a la escucha.!”

Pocos minutos después de las 21.42 se dirigió un mensaje urgentísimo a todos los sumergibles provistos de torpedos para que se dirigieran a la cuadrícula mencionada, en apoyo del “Bismarck”; pero los sumergibles, debido a una súbita tormenta, y teniendo que luchar contra un mar encrespado, no llegaron a tiempo a la cuadrícula designada por Wohlfahrt. 
Sólo éste, sin torpedos, siguió la noche del 26 al 27 de mayo en las proximidades de las operaciones inglesas contra el «Bismarck». Sigue escribiendo en su Diario de guerra :

“26 de mayo de 1941. Posición, 420 millas al Oeste de Brest.
23.30 h. Alarma. De la oscuridad vuelve a surgir un destructor. Cuando estoy a 30 m., cambia de rumbo. Se oyen sus hélices.
00.00 h. 27mayo. Noroeste; fuerza del viento, 5; oleaje, 5; lluvia a rachas, visibilidad nula, noche muy oscura. Emerjo. ¿Qué puedo hacer por el "Bismarck"?. Observo disparos de bengalas y fuego de defensa del "Bismarck". Ataque de artillería. Una sensación espantosa estar cerca y no poder hacer nada. Sólo puedo reconocer y guiar hasta aquí a portadores de torpedos. Me mantengo en el límite de contacto con la vista, comunico la posición y envío señales para atraer a los demás sumergibles.
03.52. h. Me dirijo del Este hacia el Sur para mantenerme en el rumbo del combate. Pronto alcanzaré el límite de combustible utilizable. Pero no puedo regresar dejando esto así.
04.00 h. El mar cada vez más agitado. El "Bismarck" sigue luchando. Comunico aviación estado del tiempo, y a las 06.30, último mensaje de contacto. Avistado U 74, ópticamente dada misión U 74 mantenga contacto. Puedo, con motores eléctricos, navegar a poca velocidad, mejor que quedarme parado. En superficie necesito combustible y debo emprender regreso...”

Nota: El acorazado Bismarck dejó de disparar a las 09:31 horas  y fue tragado por las aguas azules del frío Océano Atlántico a las 10:39 horas del día 27 de mayo de 1941, arrastrando con él a 1900 marinos. Sus restos descansan a 4.790 metros de profundidad.

Karl Dönitz. "Diez años y veinte días".

------

Macabra profecía

El que el U-556 fuese el buque designado para recoger el diario de guerra del "Bismarck" todavía me parece algo más que una mera coincidencia, porque para nosotros, los de a bordo, el U-556 no era un buque cualquiera. 

Existía un lazo especial entre el pequeño sumergible y el gigantesco acorazado. Ambos habían sido construidos por «Blohm & Voss», y en el verano de 1940 fueron frecuentemente vecinos en los astilleros.

Durante la entrega del U-556, la alterosa proa del "Bismarck" se alzaba sobre el sumergible. Wohlfarth, conocido en los círculos por «sir Parsifal», pensó que la ceremonia de entrega no sería completa sin banda de música, y ya que el U-556, por supuesto, no llevaba ninguna, pidió a su gran vecino que le prestara la suya. Así que vino a ver a Lindemann, y no se fue de vacío. A cambio, ofreció al "Bismarck" el padrinazgo de su buque, cosa que Lindemann aceptó de buen grado. De manera que Wohlfarth consiguió la banda, y, desde entonces, el dibujo que hizo sobre el padrinazgo colgó en el "Bismarck".

Lindemann y Wohlfarth se hicieron amigos.  A comienzos de 1941, el "Bismarck" y el U-556 permanecieron juntos durante los ejercicios de tiro efectuados en el Báltico, y en una ocasión incluso utilizaron el mismo blanco. El U-556, al que Lindemann permitió que le precediera, dejó el blanco tan estropeado con diez impactos, que el Bismarck no pudo emplearlo aquel día. Pero Lindemann no lo tomó a mal y pronto disipó los temores de Wohlfarth de que le recibiera con una reacción de mal humor.
“No me molesta en absoluto. Y deseo que pueda alcanzar en el Atlántico tales y tan rápidos éxitos, que obtenga por ellos la Cruz de Caballero.» Aliviado, "Wohlfarth le respondió:   «Espero que, en nuestra lucha común en el Atlántico, ambos recibamos la Cruz de Caballero».

Wohlfarth se enteró por la radio, durante la operación que acababa de terminar contra los convoyes, del hundimiento del "Hood". Al principio no podía creerlo. Ahora, tan sólo dos días después, la situación del "Bismarck" había cambiado drásticamente, era casi desesperada. ¿Qué decía su Patenschaftsurkunde: «Nosotros, el U-556 (500 toneladas), declaramos por la presente y ante Neptuno, rey de los océanos, lagos, mares, ríos, riachuelos, lagunas y arroyos, que permaneceremos junto a nuestro gran hermano, el acorazado "Bismarck" (42.000 toneladas), durante cualquier acontecer que pueda amenazarle por mar, tierra o aire. Hamburgo, 28 de enero de 1941. El comandante y la dotación del U-556.»

Uno de los dos dibujos del certificado representa a “sir Parsifal” protegiendo, con una espada en la mano derecha, al "Bismarck" de un ataque aéreo, y deteniendo, con el pulgar izquierdo, a los torpedos que se dirigen hacia el acorazado. El otro dibujo representa al "Bismarck" a remolque del U-556. Casi parece como si, al diseñar aquel certificado, Wohlfarth hubiera gozado del don de hacer profecías.

Ayuda contra aviones y torpedos, y después, el remolque. Eso fue exactamente lo que necesitó el "Bismarck", y, entre todos, él, el padrino, Wohlfarth, estuvo cerca del acorazado. Pero no pudo auxiliarle.

Müllenheim-Rechberg  “El acorazado Bismarck”.


Atrás
Nota Legal y Copyright ©
Inicio
Contacto