Una pesca nada corriente

El 24 de octubre de 1942, D. José Chas Rodríguez, patrón del vapor Fina, realizaba sus labores de pesca a unos cincuenta kilómetros al sudoeste de Leixoes (costa portuguesa próxima a Oporto), cuando sobre las ocho y media de la mañana divisó en el horizonte una luz. A ésta siguió otra, y otra más. Eran bengalas. Sospechando que alguien necesitaba ayuda, D. José Chas puso rumbo hacia aquel punto.
Hora y media más tarde, encontraba en el agua cuatro balsas neumáticas grandes y diez pequeñas con gente a bordo, que le hacía señales con los brazos mientras gritaba pidiendo auxilio en un idioma que no era ni castellano ni portugués.
Subidos a bordo del pesquero con gran dificultad a causa del mal tiempo y estado de la mar, resultaron ser oficiales y marineros, náufragos de un submarino alemán hundido por los aliados muy cerca de allí. En total sumaban cuarenta y ocho hombres, es decir, la tripulación completa del sumergible.
Era la dotación del U-566, de Hans Hornkohl, destruido de camino hacia el Mediterráneo, durante su patrulla número once, tras un enfrentamiento con un Leigh Ligh Wellington del 179º escuadrón de la RAF, a los mandos del Sargento D. M. Cornish.
Malamente acondicionados en cubierta e interior del Fina dado su elevado número, los pescadores les proporcionaron mantas y alimentos, mientras el bou ponía rumbo a Vigo.
Una vez llegados a puerto, cosa que sucedió sobre las siete de la tarde, D. José Chas informó inmediatamente a las autoridades militares sobre lo acontecido. Por orden de D. Luis Piñeiro, Comandante de Marina, los náufragos quedaron bajo la custodia del destacamento local hasta el día 26, fecha en que fueron entregados al Cónsul alemán en Vigo, en espera de su posterior repatriación a Francia.

José Antonio Tojo Ramallo “Lobos acosados”

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El tiburón desdentado

“Durante la Segunda Guerra Mundial trajeron a Bouzas un submarino averiado, y para que no huyera le ataron con cadenas en la hélice…
Se desmontó uno de los motores del buque alemán y lo instalaron en la estación de la Compañía de Tranvías de Vigo, en Corujo, donde se utilizó como generador eléctrico cuando fallaba la luz, cosa bastante común en aquellos tiempos de restricciones. El motor en cuestión (asegura) medía por lo menos cinco metros de largo.
Lo trajeron a remolque los barcos de Bouzas: Salvador Lago y Nuevo Florentino Lago… parece ser que se vendió por un millón de pesetas de aquel tiempo… (posiblemente fue la prima por rescate en el mar). La pareja de barcos que pescaron al submarino alemán U-760, era propiedad de D. Florentino Lago Comesaña, vecino de Bouzas, Vigo”.
Relato de D. Jesús Betanzos Lago, vecino de Lugo.

Lino J. Pazos “Sumergibles, submarinos. Guerra Submarina en Finisterre 1914-1945”

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De la manera siguiente formuló el almirante lord St. Vincent en 1804, su opinión sobre la propuesta del inventor americano Roberto Fulton, acerca de que Inglaterra construyese un submarino para utilizarlo contra la Escuadra francesa:

 

"No lo miréis ni lo toquéis. Si nosotros lo ponemos en pie, otras naciones nos seguirán; y éste sería el más severo golpe que pudiésemos imaginar contra nuestra supremacía en los mares".

La guerra submarina alemana 1914-1918

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El valor de un hermano

Prien tuvo mucho quehacer durante todo el día. Los hombres de la dotación se alojaron en un hotel de la plaza del Mercado. No tendrían permisos. En París le esperaban órdenes a Prien, pues Donitz, en el interva­lo, se había trasladado a la capital francesa. Él y sus oficiales se alojaron en el hotel Beau Séjour, que esta­ba casi vacío, pues todos los demás U-Boote estaban de operaciones.
Se fue directamente a su habitación y se tumbó en la cama, vestido. Cuando se despertó, era ya de noche.
Alguien había traído su maletín y su saco reglamenta­rio de marino. Se desperezó, se duchó con agua fría y se vistió de uniforme. Acababa de abrocharse el último botón y centrado en el cuello la Cruz de Caballero, cuando se abrió la puerta bruscamente.
Un hombre joven, con uniforme de Infantería, en­tró precipitadamente. Prien se volvió:

 

¡Hans Joachim...! ¿Qué haces tú aquí?

Los dos hermanastros se estrecharon las manos en lugar de besarse como hacían antes, quizá a causa de la diferencia entre sus uniformes. Se parecían poco, pero tenían la misma vivacidad de movimientos.

 

Hace diez días que te espero.
¿Has comido ya?preguntó Prien.
Ño.
¿Cómo está mamá?
El otro bajó los ojos.
Tengo que hablarte, Günther... Y tú ya sabes de qué.

Prien no respondió. Pidió que les subiesen la cena a la habitación. Luego, apagaron la luz y salieron al pequeño balcón, poniendo en una mesita una botella de vino y vasos.

 

¿Por qué no has contestado a mis cartas?preguntó Hans Joachim. Tú sabes muy bien el interés que tengo en eso.
Siempre he sido muy perezoso para escribir.

Prien entró en la habitación y volvió con un par de gemelos colgados del cuello.    

 

¿Y es por eso para lo que has venido? ¿Tienes permiso siquiera?

Se puso los gemelos ante los ojos y examinó la ciudad.

 

No tienes nada que decir?
Si; que una  palabra tuya bastaría para que me admitiesen en submarinos. He hecho ya una petición, pero mi unidad no quiere soltarme. Yo quisiera saber por qué te niegas. La guerra habrá acabado dentro de un año, y yo...

Prien lo observó atentamente. En la mirada de Hans Joachim no vio más que admiración sin límites y se asustó.

 

Entonces, ¿qué? ¿Estás dispuesto a pronunciar esa palabra?
¿Y por qué no?

Prien tuvo, de repente, la sensación de que aquella guerra no estaba a punto de terminar, sino todo lo contrario, pero que él ya no podía volverse atrás. Quizá por orgullo o simplemente por vanidad. Iría hasta el final, aun con la certidumbre de que no iba a sobrevivir.

 

¿Me los dejas?

Hans Joachim cogió los gemelos y miró durante unos instantes. Luego, se los devolvió a su hermano.

 

¿Te acuerdas? Cuando éramos pequeños, tú so­ñabas con tener unos gemelos...

Para no pensar en ello, Prien vació su vaso de un sorbo. Había ahorrado un pfennig tras otro para com­prarse unos gemelos como aquéllos. Ahora ya los te­nía... «Pero dile pensaba, dile lo que ves por ellos, Háblale de esas pobres gentes que corren por cubierta después de que el torpedo ha hecho blanco, que se pre­cipitan en las embarcaciones y se alejan, a fuerza de remos, del barco que se hunde irremisiblemente. Dile lo que les ocurre a los que no tienen tiempo de llegar a los botes...» Pero se limitó a decir:

 

Tengo que salir mañana para París. ¿Quieres que te lleve? Escribiré una carta a tus jefes.

En aquel momento, las sirenas dieron la alarma. Había tres muy próximas, y el sonido estridente les des­garró los oídos. En los arrabales de la ciudad se encen­dieron dos o tres proyectores, como finos pinceles para pintar el cielo. Empezaron a caer las primeras bombas, mientras las sirenas seguían aullando incesantemente.
Prien y su hermano se precipitaron fuera del hotel y corrieron por las calles desiertas hasta llegar a la pla­za del Mercado, cuyas casas ardían. Prien creyó, en un principio, que el hotel en que se alojaban sus hombres había sido alcanzado, pero vio que permanecía indem­ne. Siguieron hacia las casas que ardían y se detuvieron de repente. Algunos hombres de uniforme evacuaban los muebles; dos o tres llevaban mujeres en brazos.
Alguien apareció en una ventana y gritó algo que no entendieron. Por la voz, Prien reconoció a uno de sus mecánicos. Además, los otros también eran marineros del U-47. Corrió hacia ellos para ayudarlos.
Al día siguiente, Prien salió hacia París con su her­mano. Un año más tarde, éste había sido destinado a submarinos. Era aspirante cuando se hundió con su barco en septiembre de 1943...

Hans Herlin “Submarino alemán a la vista”.

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El cruce del Estrecho

Cruzar un paso estrecho es situación de riesgo y motivo de preocupación debido a que la orografía es abrupta, el tráfico de superficie intenso y las corrientes y vientos fuertes. Necesita detallado estudio previo.
Al comienzo de la II Guerra Mundial la marina de guerra alemana ya disponía del "Atlas de densidades de aguas marinas en el estrecho de Gibraltar y en su acceso occidental" editado por el Instituto oceanográfico de Berlín, pasando sus submarinos en inmersión hacia el Mediterráneo. Al cabo de los años nuestro estado mayor de la Armada levanta la prohibición del cruce en inmersión por Gibraltar y promulga el "Manual para el paso en inmersión del Estrecho" por lo que un submarino prepara el cruce en inmersión en ambas direcciones aprovechando los tránsitos de ida y vuelta a una zona de patrulla en el Atlántico.

Salida hacia el Atlántico

La salida del Mediterráneo se realiza en cota profunda por la zona norte, en la derrota de salida del dispositivo obligatorio de separación del tráfico. Se navega en cota profunda, con continuos cambios de cota, de velocidad sobre el fondo y de rumbos. Ello es debido a que la corriente saliente que discurre por esa zona en cotas profundas y variables en cota, es afectada por otras corrientes verticales que influyen de gran manera en la navega­ción submarina.
La derrota se lleva por sondas, transmitiendo en breves períodos con el sondador. Estas sondas indican la derrota aproximada del barco de la que se extrae la velocidad y rumbo que se lleva sobre el fondo. Sobre esta derrota actúan los vectores propios, los de la corriente horizontal y los de la corriente vertical. Con un cronógrafo se mide el tiempo que falta para el próximo cambio de cota y/o de rumbo, a la vista de la derrota que hace el barco, y así se continúa hasta que se supone que se dejó por la popa el Estrecho. Entonces es cuando se puede subir a cota periscópica para tener situación por demoras a costa, ya que en esos tiempos no se usaba la navegación por satélite en submarinos.
Durante toda la navegación se lleva el punteo sonar de los contactos por si hubiese que realizar una salida a superficie por emergencia.

Salida del Atlántico

La entrada al Mediterráneo se realiza a cota periscópica por la zona sur, debido a que la corriente entrante es superficial. Esto facilita al submarino la obtención de su situación por demoras a costa, pero le dificulta su derrota por coincidir con la "carretera" de entrada del tráfico de superficie al Mediterráneo, según señala el dispositivo de separación de tráfico.
Como el submarino sólo asoma fuera del agua un poco del periscopio y va a relativamente poca velocidad, el tráfico de superficie lo alcanza sin verlo. El periscopio va continuamente mirando hacia popa viendo como las proas de numerosos y grandes buques mercantes se agrandan, acercándose a colisión.
Siempre gobierna el submarino, a él no lo ven, para desplazarse lateralmente de la derrota y dejar libre al buque que lo alcanza. El matalote de popa que se acerca viene con las mismas ignorantes y malévolas intenciones que traía el que le ha alcanzado y lleva ahora por su proa. Además hay otros que lleva por su popa que aunque llevan el mismo rumbo, no llevan la misma velocidad ni van por el mismo "raíl".
Sucede que a veces varios barcos están a la misma altura y hay que dejarse meter entre dos de ellos que pasarán a bastante velocidad, uno por cada banda a la vez.
Eso sin olvidar al continuo tráfico cruzado de transbordadores que cortan las derrotas de entrada y salida y que hay que tener en cuenta para gobernarles.
Durante toda la navegación se llevarán punteados los contactos sonar por si hubiese que bajar a cota de seguridad por emergencia.

Luis Sánchez-Feijoo López “Inmersión. La vida a bordo de un submarino español”.

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Una atípica repetición

El 11 de Marzo de 1943 no fue un buen día para la Ubootwaffe. Ya de madrugada, el U444 intentó un ataque contra el convoy HX228. Sin embargo fue localizado por el destructor “HMS Harvester”, quien lo sometió a duros ataques con cargas de profundidad. El U444 se vio obligado a emerger y enfrentarse al destructor en superficie pero el “Harvester” logró embestir al Uboot, con tan mala suerte que una pala de su hélice quedó enganchada en el casco del sumergible. Tras diez minutos de desesperados intentos, ambos buques consiguieron desengancharse, quedando el barco a la deriva y aprovechando el Uboot para emprender la retirada, con serias averías que le imposibilitaban la inmersión. Pero acudió en ayuda del “Harvester” la “FFL Aconit”, una corbeta de la clase Flower que los británicos cedieran a Francia, la cual localizó al U444 y lo volvió a “pasar por ojo”. Esta vez el golpe fue definitivo y el Uboot se hundió al momento, sobreviviendo solo 5 tripulantes.

El amanecer sorprendió al “HMS Harvester” parado y realizando reparaciones de emergencia, cuando fue avistado y atacado por el U432. El destructor se partió en dos, pereciendo casi 200 hombres, incluyendo un superviviente del U444. La elevada carga humana del barco se debía que había recogido a supervivientes de otros naufragios. Parece ser que el U432 lanzó dos torpedos: uno, y el de “la puntilla”, provocando las iras de los británicos el segundo lanzamiento.
La “Aconit”, que estaba en las inmediaciones, consiguió establecer contacto con el U432 y le lanzó varias cargas de profundidad que dañaron gravemente al Uboot, obligándole a salir a superficie. El U432 fue cañoneado y rematado al ser embestido por la “Aconit”, quien después recogió a 20 supervivientes del sumergible y a unos 60 del “HMS Harvester”.

De este modo, la “FFL Aconit”, consiguió la curiosa hazaña de hundir a dos Uboote el mismo día, usando la vieja táctica de golpear el casco enemigo con la proa… como si fuese una antigua galera.

Ataúdes de Acero

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Hay barcos que por el hombre que lo merezca harán cualquier cosa, pues un buen Comandante hace buen barco.
El Comandante de un submarino es el único que puede decir que combate. Sobre él recae todo el peso de la responsabilidad en una medida que no conocen los Comandantes de otras unidades. Sólo él puede ver al enemigo. El mando del buque y la iniciativa del combate están única y exclusivamente en sus manos y su actuación está influenciada por su carácter y personalidad. Del Comandante depende en grado máximo el éxito o el fracaso. Sus cualidades deben de ser: seguridad en si mismo, conocimientos técnicos y experiencia, prestigio, audacia, dureza y bondad, ambición, tenacidad y espíritu deportivo, pasión por la lucha no exenta de precaución, energía, coraje, afán de superación y sentido de la responsabilidad.
El Comandante tiene que tomar decisiones difíciles a partir de información imperfecta y sólo el Comandante que se encuentra en la mar puede decidir sobre las dificultades de una operación. Para mandar eficazmente no sólo hay que tener lucidez y experiencia sino también imaginación.
Gracias a la imaginación pueden deducirse las reacciones de los Comandantes de los buques enemigos. A esto se le llama “olfato” que es el único recurso para evasión cuando se está a profundidad mientras los sonares de superficie transmiten en las inmediaciones esos “pings” que taladran el barco.
Cuando se ha efectuado un ataque o abandonado una patrulla nadie sabe lo que ha ocurrido, sólo el Comandante puede imaginarse en cierto modo la situación.
Un Comandante debe mostrar interés real por el bienestar de sus hombres, no basta con dar órdenes y castigar faltas de vez en cuando.
El éxito depende de que los hombres se identifiquen con su Comandante pues ambos deben vivir única y exclusivamente para el barco y todos deben sentir la satisfacción de navegar bajo las órdenes de su Comandante y no de otro.

Luis Sánchez-Feijoo López  (Capitán de Navío) autor del libro “Inmersión”. La vida a bordo de un submarino español.

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El honor del Caballero

Los aliados angloamericanos ponen en práctica una nueva táctica: los aparatos de reconocimiento ya no atacan aisladamente, sino que llaman en su auxilio a los aparatos de caza y bombardeo, para realizar una agresión en masa. Las unidades que, a pesar de las inevitables averías escapan a la matanza, pasan a ser blanco inmediato de las escuadras formadas por cruceros, torpederos, fragatas y corbetas, las cuales, gracias a los precisos comunicados de los departamentos aéreos, se trasladan a grandes velocidades, interceptando al enemigo a distancias algunas veces superiores incluso a las 1 000 millas del punto en que tuvo lugar el ataque.
Víctima de esta nueva táctica es un pesado submarino dedicado al abastecimiento, el U459, al mando de un experto lobo de mar, el capitán Wilamowitz. Un «Wellington» provoca una grave avería en la torreta.
El valeroso comandante, sin desarmar, ordena a los cañones anti­aéreos que abran fuego a discreción, pero el avión, alcanzado de lleno, se precipita justamente sobre la cubierta del U459, estallando en el mismo momento del impacto. El pesado submarino recibe grandes cantidades de agua. Rápidamente, bajo el mando de Wilamowitz, que tiene nervios de acero, se retiran de cubierta los restos del avión inglés, pero durante la operación se presenta un nuevo peligro: dos granadas que no han estallado han quedado profundamente empotradas entre las chapas del submarino. Bastaría la menor sacudida para hacer saltar por el aire a la unidad alemana. Imposible arrancar las dos bombas; la única solución es echarlas al mar. Pero la maniobra tiene escaso éxito. Las granadas estallan demasiado pronto y provocan gravísimas averías en la zona de popa. En estas circunstancias no puede pensarse en continuar la navegación.

El comandante no duda un instante: ordena que se echen al mar las chalupas de goma de salvamento; transmite las consignas a su segundo, dirige unas palabras de despedida a su tripulación y luego, mientras los botes neumáticos se alejan fatigosamente del barco alcanzado, el capitán Wilamowitz se coloca en posición de firmes y hace un perfecto saludo.
Los marineros ven en silencio cómo su «viejo» les da el último adiós, agitando alegremente la gorra, antes de desaparecer en el interior de la torreta. Al cabo de pocos minutos Wilamowitz acciona los mandos para inundar los tanques de inmersión y espera la muerte sin temor alguno.
Una hora más tarde, mientras un crucero inglés acoge a bordo a los náufragos, otras unidades de guerra aliadas se reúnen en el punto indicado anteriormente por el piloto del «Wellington»; sobre el mar, apenas encrespado, no queda traza alguna del sacrificio del comandante Wilamowitz.

Los tiburones del III Reich  de  “F. Martinelli”.
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Esperando el final

... Pero no siempre terminaba la aventura tan felizmente. No siempre volvían todos a la base.
Hace apenas una hora que Lüth se ha despedido, y Dónitz no ha terminado de escribir en nombre del joven comandante el informe diario para la Kriegsmarine, cuando un oficial del servicio de transmisiones se presenta al almirante con rostro sombrío y le alarga un largo despacho en clave.
Al norte de las islas Shetland, la eterna batalla angloalemana por el dominio del mar ha causado el final de un submarino de gran tonelaje. Antes de callar para siempre, el comandante Suchantke hizo transmitir un sintético informe sobre las fases de la última operación; entre las líneas de aquel documento extraordinario pueden leerse los pensamientos de treinta y dos hombres aprisionados en una caja hermética que no permite posibilidad de salida.

 

«El sumergible se precipita al fondo». Yace en estos momentos sobre su flanco derecho. Todos los instrumentos de a bordo están bloqueados o averiados por las bombas. Las granadas han retorcido las chapas hasta el punto de que no existe posibilidad alguna de abrir las escotillas de seguridad. Un buzo desnudo ha intentado entrar a través de la boca del dispositivo lanzatorpedos, pero la apertura es demasiado angosta. Los motores están todos bloqueados, sin posibilidad de reparación. Nuestra situación es desesperada. Dentro de unas horas los compartimientos estarán saturados de anhídrido carbónico.

No hay nada que hacer. La tripulación conserva la calma, consciente de que nada puede salvarnos. Cada uno de nosotros lamenta sólo una cosa: «No poder seguir combatiendo por nuestra patria, por la victoria del III Reich.
Firmado: Comandante Suchantke.»

La unidad alemana, con los motores irreparablemente averiados, los timones de profundidad y de dirección rotos, se precipitaba sin control hacia el abismo. Inexplicablemente, sólo la estación de radio funcionaba y el comandante, el «viejo» e impasible Suchantke, el marino de leyenda de los mares del Norte aprovechaba para enviar a Donitz su último mensaje.

 

«Ya no hay nada que hacer.»

Karl Donitz sabe que antes de transmitir aquella breve y trágica frase, Suchantke y sus hombres han intentado lo imposible, y sólo después de convencerse de la inutilidad de otra tentativa se preparan para morir. Donitz se muerde los labios. ¿Cuál sería el atroz final de aquellos 32 hombres que poco a poco se sienten asfixiados, que jadeando intentan instintivamente retrasar su muerte, aspirando un aire ya saturado de gas? ¿Se quitarán la vida antes de que llegue el final? ¿Rezarán acaso? ¿Alguno de ellos se habrá vuelto loco?
La tragedia de las Shetland ha terminado. En su impenetrable ataúd de acero los treinta y dos hombres ya no sienten el frío del Atlántico Norte.
Héroes de una guerra traidora y silenciosa, reposan en cualquier abismo.

Los tiburones del III Reich  de  “F. Martinelli”.
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Wilhelm Kiesewetter (62 años) y Ludwig-Ferdinand von Friedeburg (20 años) fueron el kaleun de mayor edad y el más joven en comandar un uboot comisionado en la SGM.
Alfred Radermacher sirvió a bordo del U5 pasando por todos los grados, desde marinero a comandante.
Georg Peters estuvo al mando de un uboot comisionado durante todos y cada uno de los días de la guerra (U8 del 24.06.38 al 05.09.39, U11 del 05.09.39 al 22.03.43, U6 de 06/40 a 07/40, UA del 23.03.43 al 14.04.44, U38 del 15.04.44 al 05.05.45)
Con pocas noches de diferencia, en verano de 1944, los uboote comandados por René Ballert (U1196) y Sarto Ballert (U1166) sufrieron graves daños siendo decomisionados a causa de una explosión interna producida por un torpedo defectuoso.

Extraido de "German U-Boat commanders of World War II (Rainer Busch, Hans-Joachim Röll)
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